El intruso del hogar


Cuando de repente crees sentirte bien, no lo estás. ¿Cómo te das cuenta? Simple: tu mente reacciona de una forma agresiva y te incita a cometer errores de los que más adelante te puedes arrepentir. ¿A quién no le ha pasado?

Así le pasó a Carlos, un hombre maduro, de unos cincuenta años de edad. Su vida era medianamente feliz. Estaba casado y tenía un hijo. Desde su adolescencia, el señor le agarró el gusto al cigarro. Cada vez que podía encendía uno. En su casa, en el carro, en la calle, en casa de sus amigos. Su esposa y su hijo siempre conversaban con él sobre los peligros de fumar. Sin embargo, los mandaba a otro sitio y seguía con el cigarro encendido en la mano.

Pasaron meses, semanas y días. Su familia ya no aguantaba ese olor tan desagradable del cigarrillo. Insistieron una vez más  pero él los ignoraba. Cada quien se dedicaba a sus labores, ya sea en el trabajo o en el hogar, y el cigarro estaba allí presente. Parecía un miembro más de la familia. Hasta que una mañana un niño se le acercó a Carlos y le dijo con su voz suave: “Deja de fumar, que me haces daño”. Carlos quedó pensativo desde ese instante.

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