A cualquiera le puede pasar


Con un morral lleno de ilusiones llegué al lugar que me esperaba desde el mes pasado. Tras tocar varias puertas pude abrir una de ellas con una sonrisa. Mi mirada iba fija hacia el frente, con la seguridad de que todo saldría como lo había planeado. Allí conocí a una mujer mayor de 30 años, con unos kilitos de más que parecían incomodarla, pero no hacía nada para sentirse más agradable. Con paciencia le mostré mis dientes, aunque ella luchaba por ocultarlos – risas- y seguidamente iniciamos las labores del día: encender la computadora y comenzar a escribir artículos relacionados con el espectáculo internacional (entrega de premios, alfombras rojas, entre otros eventos que le encantan a la gente).

En el transcurso de las semanas me encomendaron otra asignación: tenía que buscar las mejores fotografías de los artistas de Hollywood. ¿Pero quién soy yo para decidir que es lo mejor o lo peor? Pues, me di a la tarea de confiar en lo que más me llamara la atención de su atuendo, color y expresión de la cara. Justamente eso era de lo que mi jefecita, bueno, jefesota (jajaja) carecía:

  • Esto no me dice nada. ¿Tú colgarías esta imagen en un blog? – Preguntaba con ganas de sacarme de la oficina. – Yo, un poco nervioso, dije:
  • Eh, no. Pero puedo buscar algo mejor.
  • ¿Para qué? ¿Para tardarte dos horas más en un simple clic?

Mientras la escuchaba me armaba de valor porque si le contestaba de la misma manera el que iba a perder era yo. La señora parecía un dragón que escupía fuego por la boca. Casi me convertía en nada. Cuando terminó de hablar me di la vuelta y regresé a mi puesto. Respiré hondo y seguí con mis ocupaciones.

Dicen que caminar es bueno: diariamente lo hacía temprano en las mañanas por mi salud. Sin embargo el recuerdo de las malas palabras de mi superiora me hacía trotar para no envenenarme como ella. Días después me asigna una nueva tarea en menos tiempo. Con toda la calma del mundo me dediqué a investigar lo que me pidió. A decir verdad me tardé mucho más de lo esperado. La señora vestía de negro. De su oficina, que estaba al lado de la mía, salía humo de tabaco. Probablemente la depresión de estar separada de su esposo la tenía en ese estado de nervios.

A casi diez minutos de culminar mi jornada laboral escucho un grito descomunal de la señora, el cual casi destruye las paredes del edificio. Le entregué en un pendrive la presentación de lo mejor de estos últimos tres meses en materia cinematográfica. Al revisarla quedó gratamente sorprendida por la variedad de imágenes que elegí y los artículos que escribí.

  • ¡Wow! Me sorprendiste con esta entrega. – Comentó –
  • Todo a su tiempo, como debe ser. – Respondí –
  • Esto va a convertirse en el éxito del día y tú serás uno de los aplaudidos. – Aseguró –
  • Más bien, debería ser el único. – Insistí.
  • La otra aplaudida será mi persona, gracias a tu impecable trabajo. Puedes retirarte. – Me dijo –
  • Usted lo ha dicho. Me retiro, definitivamente de esta empresa. –Afirmé –

El dragón volvió a aparecer frente a mí. No hice nada para apagar las llamas en medio de su furia. Salí tranquilo, feliz y con una sonrisa de oreja a oreja, tal y como entré hace ya casi un año a esas paredes que están a punto de desmoronarse si no llega alguien con don de gente a tratar a los demás con educación y humildad.

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