Un gesto que le cambió la vida


       En un apartamento de dos habitaciones, con vista a varios edificios que rodeaban la zona, vivían tres personas: Don Camilo, Doña Amelia y Alfredo. El señor Camilo trabajaba diez horas diarias como personal de mantenimiento en una importante empresa de metales; su esposa Amelia se dedicaba al hogar y varias veces a la semana planchaba ropa de sus vecinas para ganarse la vida. Su nieto Alfredo estudiaba medicina en la universidad. Un lunes por la mañana, Don Camilo se levantó con muchos latidos en el corazón, sin embargo para no preocupar a su mujer no dijo nada y se fue a trabajar. Horas después, Amelia recibió una llamada telefónica del jefe de personal para avisarle que su esposo sufrió un infarto.

         Al enterarse, Alfredo hizo una promesa a su abuela: “Esto no nos va a detener, mi abuelo es un luchador y va a salir rápido de esto”. La señora no paraba de llorar. Tenía el presentimiento de que sería la última vez que vería a su compañero de vida. Más de 40 años juntos se desvanecían en breves momentos.

         Más tarde, Don Camilo abrió los ojos, su mirada estaba perdida.  Amelia se asomaba por la ventana y miraba hacia el cielo para pedirle a Dios por su esposo. Se sentía mal de no verlo como antes: conversador, sonriente y educado con todos.

       “¡Mira que bello está el día, Camilo!” – intentó la señora decir en medio de su tristeza, pero Camilo parecía no prestar atención. Antes de anochecer, Amelia y Alfredo rezaban por la salud de ese gran hombre.

        Pasaban los días, las noches…. Todo era igual para Camilo y ahora le costaba dar unos pasos en su habitación. La familia sabía que pronto le dirían el adiós definitivo porque el señor había perdido el apetito, y por lo tanto varios kilos de su peso. Una recaída hizo que Amelia y Alfredo llevaran a Camilo a la emergencia del hospital. Él miró fijamente a su amor de juventud, y ella interpretó que quería decirle algo. De pronto sonrió. Amelia lloró de la emoción mientras le daba un poco de sopa de pollo, ya que para ella ese pequeño gesto representó la recompensa más grande que pudo recibir.

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