Mesa arreglada permanece en familia


 

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           El radiante sol iluminaba la ciudad y una casa construida con mucho esfuerzo. Dentro de ella vivía una señora mayor. No usaba ropa ajustada a su cuerpo. No se daba cuenta cuando anochecía y debía ir a dormir para continuar con sus actividades del día siguiente. Así era Lorena, muy trabajadora y enamorada del hogar que construyó con su esposo. Lamentablemente el ya no la acompañaba y todos los quehaceres debía hacerlos sola.  No se acostumbraba a la idea de almorzar sin compañía cada tarde. La mesa tenía cuatro puestos y tres estaban vacíos, como su alma. Algo la hundía cada vez más en un profundo dolor.

           Un día fue a la cocina en su gran bata de dormir para prepararse una taza de café con leche y un sándwich. Sintió una pequeña molestia, pero no le dio importancia y siguió con la breve caminata. Iba al supermercado, a la farmacia, y a la peluquería con un pequeño bastón que su esposo le había regalado años antes. Lorena se veía cada vez más pálida y ella misma se negaba en reconocerlo. Un día, después de desayunar, se levantó de la silla y se cayó. El llanto se escuchó fuertemente en la zona donde vivía, pero nadie se atrevía a auxiliarla. Lorena tenía fama de ser una mujer amargada que no aceptaba normas de los demás. Solo de su esposo, y él ya se había ido.  Con mucha paciencia, y a pesar de la gran molestia que tenía, llegó hasta el teléfono y marcó un número telefónico que se había memorizado. Inmediatamente le contestaron.

Un hombre alto, de cabello negro, abrió la puerta de la casa de Lorena y la vio en el suelo. Llevaba consigo un maletín de primeros auxilios. Estaba muy preocupado. Con mucho cuidado, le revisó la pierna y trato de serenarla. El rostro de aquel hombre no expresaba absolutamente nada. Lo único seguro era que debían operarla de emergencia, ya que estaba a punto de perder su extremidad izquierda. Al escuchar esas palabras, Lorena solo pedía descansar de una vez en paz. Parecía que nadie comprendía la tristeza que la envolvía durante tantos años, pero tenía que continuar. Lorena no paraba de llorar y por más que ese hombre tratara de calmarla, ninguna palabra iba a ser suficiente para devolverle la alegría a su alma.

La señora no estaba dispuesta a operarse, ya que lo consideraba innecesario. Había escuchado historias en las que mujeres continuaban con su vida sin recibir tratamiento médico para su pierna. Y ella estaba segura que podía seguir ese ejemplo. Vivir sin ser operada. El hombre que estaba con ella, de nombre Luis, insistió en convencer a Lorena de llevarla a la clínica donde trabajaba para hacerle la intervención. Lorena estaba muda ante tantas reiteraciones de Luis. No lo miraba a la cara y él perdió la paciencia. Se fue sin despedirse. Cerró la puerta con tanta fuerza que hasta Lorena se asustó. Fue otro oscuro día para la señora. Su calidad de vida podría ser inferior de la que ya tenía y eso le daba miedo.

Lorena se acostó en su cama y trató de dormir, pero solo daba vueltas en la cama porque no podía conciliar el sueño. Se levantó, fue al baño, se lavó la cara con agua fría, se secó y de nuevo se fue a dormir. Al día siguiente, y después de mucho reflexionar llamó a Luis.

  • Necesito hablar contigo – le dijo segura de sí misma.
  • ¿Ya dejaste la terquedad y vas a aceptar lo que más te conviene? – preguntó con dudas.

Lorena no le contestó inmediatamente, aún tenía dudas sobre qué hacer en su vida.

  • Te espero para que almorcemos, costumbre que pareces haber olvidado. – le dijo con presión.
  • Está bien, a la una de la tarde estoy allá – Contestó Luis.

       La señora había preparado un delicioso arroz con pollo para el almuerzo. Era el plato favorito de Luis. Se había levantado muy temprano para que la comida quedara deliciosa, aunque la pierna izquierda no le permitía movilizarse de un lado a otro con tanta facilidad. Aún así continuó con la elaboración del almuerzo y hasta pensó en prepararle un postre, pero lamentablemente no tenía los ingredientes en su cocina. Estuvo a punto de llamar a Luis para que le comprara algunas frutas y unas barras de mantequilla. Ya estaba cansada y prefirió esperarlo sentada en el sofá de la sala, el favorito de su esposo.

        El reloj marcaba la una de la tarde y cero minutos. Se escuchó la llave de una puerta. Por todos los rincones de la casa llegaba un delicioso olor, se trataba de una deliciosa tarta de limón que había comprado en su pastelería favorita. Lorena cerró los ojos para disfrutar del olor de aquel postre que parecían haber realizado los dioses mientras terminaba de arreglarse frente al espejo. No dejaba de verse, de sentirse orgullosa de su rostro y su cabello, pero cuando bajaba la mirada a sus piernas no lo soportaba, le molestaba.

          Luis buscó a Lorena en su habitación. Era el momento de hablar de temas muy serios. No se podía perder más tiempo y menos a la avanzada edad de Lorena. Luis la ayudó a desplazarse poco a poco hasta llegar al comedor. No era mucha la distancia, pero para la señora se convirtió en un largo camino. Entre los dos sirvieron el arroz con pollo y se sentaron a compartir una rica comida uno frente a otro.

  • Anoche no pude dormir de tanto pensar en mi pierna – dijo Lorena.
  • Me parece muy bien, sabes que necesitas operarte – afirmó Luis.
  • Lo sé, y no es por dinero que me preocupa la operación – dijo Lorena.
  • Entiendo, para nadie es fácil una intervención a tu edad pero yo te voy a arreglar la pierna para que puedas caminar mejor – dijo Luis.
  • No me quiero ir todavía de este mundo – dijo Lorena.

       Era una realidad. Lorena pasaba por los últimos años de su vida y nada ni nadie podía hacer nada al respecto. Luis se comprometió a salvarle la pierna izquierda a Lorena, como siempre ha hecho con cada uno de sus pacientes, pero ella era especial. Era imposible olvidar todos los esfuerzos que esa mujer había hecho con él durante su vida. Ahora era el turno de retribuírselo de alguna manera. Quizás de la mejor posible, sin intercambiar dinero ni objetos. Una especie de agradecimiento infinito por tantos años de cariño desinteresado, de ese que muchos tienen, pero pocos valoran.

  • Confío en ti – le dijo.
  • Sabía que tarde o temprano lo ibas a entender – respondió Luis.

Lorena y Luis continuaban con el almuerzo y se disponían a probar el postre. Uno de sus favoritos. Mañana les esperaba un compromiso con la vida, esa que no puede desunirse por ningún motivo porque como dicen “la sangre llama”.

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