Capítulo 3 – Las creencias de Ana


             Al ver el libro “Tradiciones Familiares” en el mesón de la tienda “SoluTech”, José no entendía que hacía un texto tan íntimo fuera de su casa, por lo que asustado lo agarró y se dirigió a Ana.

  • ¿Qué hace este libro aquí? Te he dicho que esto sólo nos pertenece a los Gómez Gutiérrez. Que sea la última vez que sacas algo de nuestra casa sin mi permiso. – Advirtió  José.
  • Disculpa, querrás decir Gutiérrez, porque tú llegaste mucho después a nuestras vidas – Aclaró Ana un poco molesta por las palabras de su padrastro frente a Eduardo y Gustavo.

              Eduardo, al ver las miradas retadoras entre Ana y José decidió ser una especie de mediador en el conflicto. La gente que estaba fuera del local veía con curiosidad el enfrentamiento entre un padrastro y su hija, mientras que Gustavo intentaba aguantar la risa y se disponía a regresar a sus labores en la oficina.

  • No te preocupes, Ana. Te presto mi cargador. Llévatelo – afirmó cordial Eduardo.

Cuando Ana escuchó las palabras de Eduardo sintió como si un ángel le hablara desde el cielo, como en aquellos sueños donde las nubes daban paso a un ser que bajaba desde las alturas para hablarle con ternura. Ana quedó muda, con sus ojos marrones fijos a los ojos negros de su querido amigo.

Ana, ¿me escuchaste? Llévate mi cargador. – Insistió Eduardo.

             José y Ana se trasladaron hasta su casa en un automóvil pequeño, del siglo pasado, color negro, que aún servía. Ana miraba desde la ventana el cielo, como en la búsqueda de aquel ángel que la inspiraba. De pronto escuchó un grito que la inquietó. Era la voz de su padrastro, quien tenía varios segundos llamándola y ella no le prestaba atención.

  • Pareciera que estás en las nubes, muchachita. ¿Qué te sucede? Ah, claro. Debí suponerlo. Piensas en el vendedor de “SoluTech” – dijo convencido José.
  • ¡No inventes, José! Lo único que quería era un cargador para mi celular. – Se justificó Ana, quien por el enrojecimiento de sus mejillas era notable que sí le gustaba Eduardo.
  • ¿Por qué no me avisaste para dónde ibas? Con un mensajito me basta, hija – comentó preocupado José.
  • No me llames así. Mi papá murió al igual que mi mamá. La diferencia es que aún no está claro cómo pasó. – aseguró Ana con una seriedad que asustaba hasta el héroe más valiente.
  • Tu mamá murió en un accidente hace muchos años, tú estabas muy pequeña cuando eso ocurrió – continuó José.

                 Ana subió apurada las escaleras, sentía que la respiración se detenía ante cada escalón. Abrió la puerta de su habitación con fuerza y se lanzó a llorar sobre su cama tendida. Las lágrimas ensuciaron las sábanas blancas que había tendido antes de salir a clases. Inmediatamente recordó a Eduardo y puso a cargar el celular. De ese modo podían estar conectados. La electricidad permanecía en sus manos y era tan fuerte la corriente que en segundos recibió un mensaje instantáneo de Eduardo: “Pasaré esta noche por tu casa a buscar el cargador para que no tengas que venir e incomodar a tu padrastro”.

             Ana saltó de alegría sobre su cama al leer las palabras de Eduardo. Ella estaba segura de que había una conexión más allá de la electricidad de sus dispositivos electrónicos. La chica se secó las lágrimas, buscó el vestido más bonito que tenía guardado. Era uno azul corto, donde se podía observar sus largas piernas heredadas por su madre. Su ilusión era azul, como su vestido, como el cielo que siempre ha soñado, donde está su príncipe, también de ese color.

               Al caer la noche, Ana caminaba de un lado al otro por su habitación, estaba nerviosa, se llevaba las manos a la boca con la intención de comerse las uñas, pero cuando se mordía recordaba que no debía hacerlo y miraba hacia la ventana para esperar a Eduardo. El chico llegó a la puerta de su casa y tocó el timbre. Ana lo vio desde la ventana, se impresionó y bajó sin las escaleras sin ponerse los zapatos.

             Demasiado tarde, José abrió la puerta de la casa para aclarar los puntos sobre su visita a Ana, quien escuchó las palabras determinantes del dueño del hogar, aunque desde hace muchos años no podía llamarse así.

  • ¡No quiero que vuelvas a ver a Ana! Tu amistad la perjudica. La puedes volver una irresponsable y eso no le conviene. Aseguró José.
  • No le conviene a usted porque no quiere que su hija crezca y se de cuenta de los secretos que existen alrededor de la señora Gloria, porque yo sé algo que usted quiere ocultar, insistió Eduardo.

          Ana queda sorprendida ante el enfrentamiento de Eduardo y José. Algo sabe Eduardo sobre la muerte de Gloria,  la madre de Ana, y está dispuesto a revelar sus oscuras intenciones.

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